miércoles, 7 de febrero de 2018

Celebrar los “días de...” y las efemérides ¿anima realmente a la lectura?


Si ustedes han hecho algún curso de animación a la lectura seguramente les habrán comentado que tomar como excusa la celebración de los “días de...”, como por ejemplo el Día de la Mujer, el Día de los Derechos Humanos y el Día de la Tierra, o efemérides sobre autores y títulos que tienen lugar en una fecha próxima para desarrollar actividades en torno a libros que tienen relación con ellos o sus temáticas, es un inmejorable acicate para aupar a creadores y libros con cierta enjundia que van cayendo en el olvido.


Desde mi niñez llevo observando que ambas prácticas están muy generalizadas en el mundo de la mediación lectora, unas que se pusieron de moda en los últimos años setenta, primeros ochenta (hablo de España) hasta nuestros días. De hecho, sólo hace falta visitar cualquiera de las redes sociales de moda para constatar que muchos de nosotros hacemos alusión a estas celebraciones para recomendar libros y lecturas afines (sin ir más lejos les cito los hagstags #GloriaFuertes100 durante el pasado 2017, y el #DiadelaPaz hace unos días), pero tras más de cuarenta años con esto a cuestas, me viene a la cabeza la pregunta: ¿Realmente anima a la lectura esta práctica?


En primer lugar me cuestiono cuanto mal han hecho por la libertad lectora este tipo de asociaciones, es decir, relacionando literatura con celebraciones sobre el buenismo, los llamados valores, la tolerancia y la armonía, ¿acaso no estamos contextualizando el libro en una especie de esfera pedagógica, dogmática? Luego nos quejamos de que si los libros han pasado a ser compendios de emociones o sirven para esto o lo otro, cuando nosotros mismos somos quienes, desde nuestras supuestas “buenas intenciones”, no paramos de lanzar mensajes como “Lee y serás mejor persona” o “Lee y te ganarás el cielo”. Y mientras tanto, los receptores de estos mensajes, unos que ya están de vueltas y hartos de ser utilizados como monos de feria (siempre recuerdo el empeño de una compañera de trabajo por llevarse a los críos al balcón del ayuntamiento del pueblo para que con versos de Gabriela Mistral, políticos y otros cuervos dejaran que los niños se acercaran a ellos), se resignan, se encogen de hombros y piensan para dentro “¡Ya están de nuevo los plastas estos!”.


Por otro lado el tema de las efemérides o los obituarios, aunque me gusta más (por el hecho histórico, más que otra cosa), también he de decir que me despierta pena en vez de reticencias ya que parece ser que el ser humano, incluidos libreros y bibliotecarios, abandera con compasión el acto lector. La lectura se viste de homenaje hacia el creador fallecido para expiar la culpa de dejarlo caer en el olvido (las más veces). Sería algo así como no poder decir que alguien es un hijoputa por el mero hecho de haber muerto. Alabanzas y más alabanzas, para luego, continuar acumulando polvo sobre una estantería. ¿Triste, no?


Es en este punto cuando se me vienen a la cabeza las campañas de concienciación sobre el abuso de drogas o para la prevención de los accidentes de tráfico, unas estrategias que optan por alternar mensajes impactantes con otros más laxos para que los receptores no se relajen, es decir, poder captar su atención sin caer en lo rutinario. También rompo una lanza por la estrategia de Google ese buscador que se saca de vez en cuando efemérides de la manga sin tener en cuenta los números redondos ni caer en los tópicos. Basta con algunas animaciones, música y fuegos artificiales para que los foros hiervan de entusiasmo.


Considero que el amor por los libros, aunque se siembra con un poco de pasión y magia, también ha de tener mucho espectáculo, algo que se relaciona más con lo imprevisto, lo puntual y lo sorprendente que con lo repetitivo y recurrente. Hay días que me acuerdo de Delibes y otros de Mitsumasa Anno, de Munari o Tom Rand, también de Sendak o Lionni, de Ende o Lindgren, de Los conquistadores de McKee o El enemigo de Davide Cali, también de Nana Vieja y de El libro triste de Blake y Rosen. Considero que una buena obra literaria, sólo por el mero hecho de serlo, ya está presente en nuestro ideario y debe ser respetada como tal, no quedar para engrosar los listados temáticos que ofrecemos a los nuevos lectores, sino para empujarla hacia otros que quizá encuentren nuevos caminos y otras interpretaciones igual de validas, y no utilizarla como una demostración de nuestro compromiso para con ¿nuestras ideas políticas?, ¿nuestro pasado conjunto? o ¿nuestra experiencia?


Es por ello que hoy y para desmarcarme un poco de las tendencias del pasado Día de la Paz y la No Violencia, aquí les traigo el ¿Por qué? de Nikolai Popov, una obra reeditada por Kalandraka tras algunos años de descatalogación que pone en tela de juicio los rencores humanos y su resultado bélico interpretado por ranas y ratones. En esta ocasión, la casa gallega rescata la edición primigenia sin apenas texto (existen otras ediciones en las que intervino la escritora Géraldine Elschner) para recordarnos que las maldades de las guerras son susceptibles de emerger en cualquier instante, en cualquier día.


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