miércoles, 31 de enero de 2018

Cuentoterapia o ¿la sanación literaria?


Shaun Tan

“Cuentoterapia”... Suena a utilitarismo de la LIJ, ¿verdad? Un barrizal en el que llevo tiempo emporcándome y del que tienen muestras fehacientes AQUÍ y AQUÍ. Cada día que pasa escucho más y más esta palabra. Alguien la pronuncia en un curso, otros en las redes sociales... Suponía lo que era, me lo imaginaba, pero como soy un poco curioso, he creído oportuno internarme en ese mundo que aúna cuentos y psicología, sobre todo la terapeútica, para empaparme de sus bases y no errar demasiado en mis conjeturas (exponer de una manera objetiva un tema, siempre se agradece) aunque estas vengan de un monstruo como yo. ¡Doy el pistoletazo de salida!


Erin E. Stead

Aunque el término cuentoterapia no tiene más de treinta años, se pueden vislumbrar ciertos inicios teóricos gracias a los planteamientos de Bruno Bettelheim (Psicoanálisis de los cuentos de hadas) y otros psicólogos como Sheldon Cashdan (La bruja debe morir), que vieron en los cuentos de hadas una forma discursiva compleja mientras escuchábamos o leíamos cuentos. No es hasta el año 2002 cuando fue registrado por Antonio Lorenzo Hernández Pallares a pesar de que a finales de los noventa Jorge Bucay desarrollara sus “cuentos para pensar” que, aunque son creaciones ficcionales del propio autor, funcionan con algunos principios de la cuentoterapia. Durante las primeras décadas del siglo XXI la cuentoterapia se ha extendido como la pólvora en las consultas de psicólogos y psicoterapeutas, e incluso ha empapado escuelas infantiles y aulas educativas para ayudar a niños y no tan niños en la tarea de conocerse a sí mismos y al mundo que les rodea.


En inicio y de manera sencilla se podría definir la cuentoterapia como el arte de sanar a través de los cuentos, y ayudar a prevenir y educar en destrezas emocionales. Este método tiene como principal herramienta las producciones orales o escritas dirigidas a la infancia, tanto las que proceden de la tradición, como aquellas de ficción contemporáneas. Asimismo define tres tipos de cuentos o historias: los emosémicos (producen emociones), los monosémicos (poseen un mensaje) y los polisémicos (contienen diferentes mensajes).
En lo que a aspectos técnicos se refiere cabe decir que la cuentoterapia trabaja a dos niveles, el interpersonal o interpsíquico (cada situación o personaje se traduce en el tipo de relaciones que tenemos con los demás) y el intrapersonal o intrapsíquico (cada situación o personaje son diferentes facetas del mismo individuo).
En último lugar y para terminar esta introducción, señalar que, a todo lo anterior, habría que unir, por un lado los diferentes matices dependiendo de las escuelas y corrientes que sigan los terapeutas que utilicen o impartan estas técnicas en las que literatura y psicología se unen en pro de una mejor salud mental. Por otro lado, apuntar a los diferentes tipos de narraciones orales o libros que se utilicen en esta terapia.
Para saber más sobre estas terapias siempre pueden acudir AQUÍ, AQUÍ o AQUÍ.


Mitsumasa Anno

Aunque hasta este punto todo parece coherente y tiene sentido, me he hecho una pregunta... ¿Y lo literario, dónde se queda? Porque parece ser que además de terapia, también leemos, y no sé muy bien qué decirles. ¿Son efectivas estas metodologías? ¿Qué lecturas son las mejores?  Empecé a darle vueltas al asunto (venga y venga cavilar...). Aparte de estos alegatos (AQUÍ el primero y AQUÍ el segundo) que ponen en tela de juicio estas terapias, me apetecía hablar de la relación literaria con estas prácticas, así que apunté mis ideas en un papel, las organicé de la mejor manera que se me ocurrió y aquí las traigo, en forma de “peros”, para que les pongan pegas o añadan lo que crean oportuno...

1. Sanación o la magia de la lectura
Quizá muchos monstruos tengamos la culpa de que el libro, ese objeto que acompaña al hombre desde hace siglos, sea considerado una pieza mágica, casi esotérica. Nos encanta y lo defendemos a ultranza. Pero, ¿es un cofre lleno de tesoros que nos puede hacer la vida mejor? No nos debe extrañar que a él se adscriban ideas como el poder, la justicia o la sanación. ¿Es realmente tan necesario el libro para nuestra felicidad? ¿Nos sirve para todas esas cosas? ¿Es la medicina de todos los males humanos? Mientras buscamos respuestas acuérdense del efecto placebo, y no olviden preguntarse también porqué un libro, al presentarnos una sucesión de imágenes mentales que se forman a raíz de una narración o una lectura, ejerce un poder subliminal sobre los pacientes, es capaz de hurgar en nuestro subconsciente y resetear el sistema nervioso, repararlo y curarlo. ¿Magia o ciencia ficción?


Maurice Sendak

2. Los mil y un discursos vs. el discurso dirigido
Si han llegado a algún sitio con las preguntas anteriores seguramente se habrán topado con el llamado discurso. Aunque en lo que se refiere a narración, libros y literatura, casi siempre hablamos del discurso lingüístico, una forma literaria puede tener otros planos discursivos como el sociológico, el antropológico o el psicológico, algo que complica todavía más el estudio de este campo de minas. Cuando alguien lee un libro, sea del tipo que sea, se abren ante el numerosos caminos, multitud de interpretaciones, transformaciones que pueden converger o divergir, hacerle avanzar o retroceder. Existen mil vías que pueden llevar al oyente, al lector hacia otras tantas mil salidas. Pero si esas salidas no se contextualizan en un proceso discursivo literario sino en otro más pragmático como el psicológico, ¿quién es el encargado de dirigir a los lectores hacia a las correctas? ¿Ellos mismos? ¿El terapeuta? Yo lo único que sé es que en Literatura todos son válidos porque la lectura es un proceso que se realiza libremente (sea obligado o no, el que lee es porque quiere y el que no, mira el libro, que eso no es leer), pero en psicología ¿vale cualquier camino? ¿todos llevan a Roma?
Por otro lado también hay que hablar de la experiencia, un factor determinante en la lectura. Nuestras vivencias, nuestros miedos y vergüenzas, la familia, los amigos, los placeres y qué tipo de humor nos gusta, son personales y ajenas, otro condicionante que un terapeuta no puede controlar completamente a la hora de construir (o dirigir) el discurso resultante. 


Jimmy Liao

3. Lecturas literarias vs. lecturas terapeúticas
Mientras que unos terapeutas (los menos) prefieren para sus sesiones cuentos al azar (y me consta que muchos de ellos defienden el cuento primigenio sin aderezos ni edulcorante, algo que los monstruos agradecemos) y sin ninguna dirección, otros realizan una labor más dirigida eligiendo aquellos cuentos o producciones literarias que tienen relación con un problema determinado de sus pacientes. Asimismo también hay profesionales de la salud mental que obvian cuentos y narraciones que no son políticamente correctas (AQUÍ unos apuntes sobre la censura en la LIJ) para decantarse por parábolas o creaciones que sí lo son (¿Acaso la vida es correcta? ¿Se adecua a unos cánones? ¿A unas pautas y directrices?), mientras que otros prefieren centrarse en el símbolo y no tanto en la forma.
También me he fijado que muchos de los libros seleccionados por los terapeutas son libros introspectivos, es decir, en los que el lector o receptor puede buscar un reflejo de sí mismo, en los que no actúa como espectador de la acción que se desarrolla en la narración, sino como un actor. Sus ilustraciones suelen encontrarse con el surrealismo, contienen multitud de metáforas visuales y poéticas que nos hacen suponer qué corrientes o escuelas siguen estos profesionales. 
Libros como Noche de tormenta (Michèle Lemieux), Si quieres ver una ballena (Julie Fogliano y Erin E. Stead), El árbol rojo (Shaun Tan), La gran pregunta (Wolf Erlbruch) o El sonido de los colores (Jimmy Liao), plantean problemas existencialistas y vitales, quasi-filosóficos, trascendentales pero embebidos en una matriz poética, fantástica y hermosa, pero ¿por qué esas ganas de encontrar el super-yo? ¿Acaso no se puede ser feliz con el mini-yo? ¿Con Un día diferente para el señor AmosLa ola o El punto y la recta?
Para la última posición dejo los emocionarios, unos libros, informativos en unos casos, manuales ficcionales en otros, que se suponen muy útiles para identificar los estados anímicos del lector, y a los que yo sigo haciendo una mueca de desaprobación para recomendarles cualquier novela con un mínimo de calidad poética. Y si no saben cual escoger, pregunten a su bibliotecari@.


Norton Juster

4. La identificación con lo imposible
Sigo con mis cuestiones... Y si nos decantamos por cualquier tipo de creación literaria, obviando temáticas, argumentos o personajes, ¿se podría decir que todas las narraciones envían un mensaje que se puede extrapolar a la vida real? No creo que así sea ya que existen multitud de obras literarias (cuando hablamos de infantiles muchas más) que se enclavan dentro del género del nonsense o sinsentido, es decir, solo intentan divertir, evadir al lector y jugar con él de la misma forma que lo hacen el Monopoly® o el escondite. Tenemos que tener en cuenta que no todas las obras literarias ni todos los cuentos de hadas parten de una intencionalidad exploratoria ni mucho menos didáctica o pedagógica, sino que se acogen a principios libertarios, a arbitrariedades, a caprichos o a estupideces de los autores y que, como tales, no sirven más que para sonreír.


Michele Lemieux

5. Una ficción insensata o el prejuicio de lo inofensivo
Siguiendo con el punto anterior y citando a expertos como Alison Lurie hay que llamar la atención sobre la naturaleza subversiva de lo que campa en el bosque de la Literatura Infantil y Juvenil. Se cree que los libros para niños son completamente inofensivos, más todavía si los comparamos con fármacos y psicotropos. "¿Qué daño pueden hacer estos libritos llenos de ilustraciones coloristas, con cuatro frases y poquitas páginas?" concluyen muchos. Al contrario de lo que piensan muchos adultos, bastantes historias para niños rompen con las normas preestablecidas del universo adulto, trasgreden convenciones sociales y puntos de vista, son paródicas y desestabilizadoras (quizá por eso se elijan) que, si no eres un niño y has desarrollado una visión traslúcida y/u opaca a estas, pueden confundirte sobremanera cuando los lees en una terapia activa donde hay que buscar respuestas interiores que te ayuden a sobrevivir en un mundo creado para mayores. Desde La cocina de noche hasta Peter Pan y Wendy, encontramos muchísimos tipos de subversión en la LIJ que, si bien es cierto que se pueden utilizar para ilustrar o ejemplificar un caso concreto, yo no recomendaría nunca a un adulto, a no ser que quiera retrotraerlos a su más tierna (y compleja) infancia...


Armin Greder

6. Utilitarismo de lo literario
Según dice un conocido que realiza esta práctica con sus pacientes, “la lectura es un momento puntual en tu historia vital y puede marcar un antes y un después en un proceso terapeútico. Te permite acceder a redes emocionales a las que no se llegaría por otros medios". Seguramente esté en lo cierto, pero he de añadir que ese tipo de lectura no está inmersa en un contexto festivo o de ocio, que es lo que intentamos los monstruos y que por tanto, puede desvirtuar una magnífica obra literaria por el mero hecho de utilizarla como vehículo terapeútico.



En definitiva: los cuentos, los álbumes, los libros, sirven para muchas cosas además de para leer (¡Que nos lo digan a padres y maestros, Reyes de la LIJ moral y didáctica!) aunque muchas de ellas tengan poco o nada que ver con lo literario. Pero si todavía no se han dado cuenta, les traigo un último documento gráfico que espero que les saque de dudas. Disfrútenlo en la medida de lo posible, que mañana será otro día...


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