viernes, 30 de diciembre de 2011

Fin de año odiando a los libros



A los que odian los libros.

Los que disfrutamos leyendo, desempolvando las palabras que otros han escrito, nos creemos con el derecho moral de aleccionar a los demás, de animarlos a la lectura para, de este modo, ganarse el cielo cultural, ese al que aspiramos los culturetas de tres al cuarto. Y así pasa, que de vez en cuando nos dedican un pedo que concentra toda la humildad del universo.
Tanto lector empedernido, ejerza este de profesor de literatura malpagado, poeta frustrado, melancólico anónimo y psicópata de biblioteca, empieza a emanar cierto tufillo insoportable que es imposible de mitigar. Creo que debemos empezar por dejar de lado lo divino y optar por lo humanoide, mucho más lúbrico y placentero que andar con Proust debajo del sobaco.
No es que sufra de brotes esquizoides. No. Lo único que sucede es que, como esa malsonante rima infantil que reza “Rebota, rebota, y en tu culo explota”, he considerado oportuno ejercer como voz crítica de unos y abogado del diablo de otros, no sea que con tanta erudición superlativa se nos olvide que todos pisamos la misma mierda del mismo perro en el mismo pavimento.
En este año que despedimos dentro de unas pocas horas, he creído conveniente hacer un guiño a todos aquellos que no soportan limpiar el polvo de los libros, su peso, la cantidad de lugar que ocupan y las horas que hay que invertir en desentrañarlos como se merecen. A todos aquellos que sí valoran el poder calorífico que encierran sus páginas, el lomo dorado de las enciclopedias que engalanan sus estanterías, y su inestimable ocupación como paraguas, pisapapeles y calzador de mesas cojas. Para todos los que ven al libro como un mero objeto estúpido e insustancial que, por más que lo miren, no les transmite ni la más mínima compasión, les recomiendo El pequeño libro rojo de Philippe Brasseur (editorial Océano), porque seguramente hará las delicias de todos ellos mientras comprueban como, sin compasión, un pequeño libro rojo es injuriado a base de las más osadas perrerías.
Y porqué no, también recomendárselo a ustedes, aquellos que aman los libros, en esta última reseña del año, para que piensen en las maldades de los libros… y también en sus bonanzas.
¡Feliz año 2012 desde el sitio donde viven los monstruos!

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Letra a letra



Las palabras mueren cuando nadie las pronuncia. Por ello, utilizando como excusa el Letra a letra de Angels Navarro (editorial Combel), les hago llegar un abecedario elaborado a partir de palabras poco usadas de la lengua española... Para que las soplen en voz alta estos días y sigan así volando entre nosotros…

A de ábrego
B de bieldo
C de cercha
CH de chozpar
D de dogal
E de emolumento
F de filfa
G de guedeja
H de hollejo
I de imbornal
J de jarrete
K de kirie
L de laya
LL de lleco
M de mufla
N de neguilla
Ñ de ñaque
O de opal
P de pando
Q de quersoneso
R de robla
S de sibila
T de talabarte
U de ubrera
V de ventalle
X de xerocopia
Y de yuntero
Z de zarco

viernes, 23 de diciembre de 2011

Felicitación navideña para anti-navideños



Como cada año ya ha llegado la Navidad. Con sus excesivos adornos, la ingente cantidad de compromisos, la descomunal cantidad de comida y bebida, y, cómo no, las espuertas de billetes que gastar, aunque ya hablan las encuestas de que, durante la de este año, seremos más cautos es eso de derrochar…
He de confirmarles que me gusta esta época del año, más que nada porque forma parte de nuestra cultura y desprende un mensaje exquisito. Lo siento por todos aquellos progres, apóstatas y engendros varios que se dedican a menospreciar esta fiesta con la excusa de que está abanderada por los curas y algunos motivos de naturaleza judeocristiana… Me la suda por completo… Adoro los villancicos, el sonido de la zambomba, el sabor del turrón blando, también el del duro, las felicitaciones, que me pidan y me den el aguilando, ir de belén en belén, compartir un vaso de zurra, beberme otro de mistela con algún mantecado, pensar en qué le pediré a los reyes magos e incluso en quién será mi inspiración para alguna que otra inocentada. Todo eso tiene que ver con la navidad, todo ello forma parte de nuestra tradición, de nuestro pasado, de la identidad, y por ello hay que preservarlo.
Me da igual que la Iglesia se dedique a impartir doctrina aprovechando la coyuntura. Me da igual que me tachen de incongruente o de cínico (¡tantas veces lo hacen!). Creo que hay que preservar lo que es bueno, lo que tiene sentido, lo que merece la pena. Y, a mi juicio, la Navidad es una de esas cosas.
Y como todas las navidades, les envío una felicitación en forma de libro… Y entre los títulos que he barajado, me he decantado por uno editado por Lóguez y que lleva por título Cuando yo hice de María (Jutta Richter y Jackie Gleich), por varias razones… Primera: es un álbum ilustrado ambientado en adviento; segunda: es tierno pero no roza la cursilería, ni el dramatismo, ni la tristeza, cosa en la que sí desembocan otros; tercera: el misterio como recurso narrativo en las ilustraciones; cuarto: un mensaje que encuadra con cualquier bando (a veces la política lo desvirtúa todo… y uno ha de hilar muy fino.).
¡Felices Pascuas!

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Dos en uno









Aunque aspirar al súmum de la reseña lijera no es una de mis prioridades, creo fehacientemente que la de hoy se merecería tal honor (qué tonterías digo…), ya no por el lenguaje que utilizo y que intento cuidar siempre, ni tampoco por el hilo conductor que lleva hacia el libro, sino por la idea que la sostiene: aprovechando un poema que aparece en Los versos del libro tonto, de Beatriz Jiménez de Ory y último ganador del Premio de Poesía Cuidad de Orihuela, les lanzo Redondo, una de las últimas creaciones del casi-paisano Pablo Albo ilustradas por Lucía Serrano (editorial Thule). Dos en uno, ¿quién da más?


Mi amor por ti es mayúsculo,
Amiga coleóptera.
Rojísimas tus alas
Iguales al crepúsculo.
Quiero un deseo mágico,
Único: que me quieras.
Inténtalo, ¿lo harás?
¿Te reirás de mis súplicas,
Amadísima insecta?


Beatriz Jiménez de Ory.
Acróstico esdrújulo.
En: Los versos del libro tonto.
Ilustraciones de Paloma Valdivia
2011. Pontevedra: Faktoria K de Libros.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Clásicos básicos en época de crisis











Advertencia: Aunque un servidor desarrolla su labor en este espacio de manera altruista y desinteresada, con el único fin de engrandecer un género chico de la Literatura, le gustaría que las editoriales y los autores tuvieran consideración con esta ardua labor de destripar texto e ilustraciones, y le ayudaran un poquito enviándole ejemplares de los libros que ellas/os crean oportunos o que el aquí firmante les solicita, más que nada para que, con este gesto amable y de tan poca repercusión económica sobre sus ganancias, uno se sienta valorado y agradecido.

Aunque el mercado del libro-álbum se haya diversificado enormemente de unos años a esta parte, cada vez que acudo a una librería, sufro un paralís al ver la cantidad de mierda que se amontona en los expositores… Se ve que en plena crisis, la imaginación también corre a cargo de los bancos, los tipos de interés y las agencias de calificación, los tres pilares básicos de cualquier sistema capitalista…, como el de las editoriales.
Cada editorial tiene su política, esa que repercute en los lectores, y de paso, en las ventas: lo que interesa. Mientras unas apuestan por la diversidad de títulos, otras por autores noveles, algunas por exprimir hasta la saciedad los productos que producen ganancias y las menos por la reducción de los precios, están esas otras que deciden no exprimirse el limón, sacar a la luz libros clásicos de autores de renombre y esperar a que escampe el temporal de la manera menos arriesgada posible. Este es el caso de Kalandraka, editorial conocidísima en este mundillo, que con buen criterio, ha parido en el último año unos títulos zoológicos muy reseñables como los siguientes:

Críctor, de Tomi Ungerer: Perros, gatos, jilgueros… Hay mascotas de todo tipo, pero esta se lleva la palma. Un clásico de poco colorido con un toque de humor y mucha animación para chicos inquietos.

Tío Elefante de Arnold Lobel: Del autor de Sapo y Sepo, aquí tenemos otra historia muy humana y con gran sentimiento protagonizada por animales… Del estilo de Nana Vieja (uno de mis favoritos…)

El paseo de Rosalía de Hutchins Pat: Un clásico de la LIJ que narra la historia de una gallina despistada que es perseguida por un zorro poco afortunado. De ilustraciones bidimensionales y coloristas, este álbum dinámico, trata al lector como espectador y receptor.

Correo para el tigre de Janosch: La típica historia de Janosch a caballo entre el nonsense, lo absurdo y las situaciones infantiles ubicadas en un contexto adulto. A veces enternecedora, a veces hilarante.

El tigre que vino a tomar el té de Judith Kerr: Uno ha de saber a quien invita a tomar el té, más que nada porque puede aparecer un inesperado tigre que se lo zampe todo y organice un desastre descomunal…

jueves, 15 de diciembre de 2011

Intolerancia encubierta de modernidad



El vómito se me viene al gaznate cuando los medios de comunicación hacen públicos todo tipo de estudios que miden el nivel de modernidad del ciudadano de a pie, haciéndonos creer lo bien educados y respetuosos que somos… Tanto, que estoy harto de conversaciones de este tipo:
- Ay, nena… Tendrías que ver a mi Jesús… ¡Qué buen chico tengo!… Es tan majo que tiene un amigo negro, otro moro y otro chino… No hay quien le gane a respetuoso…
- ¡Qué bien, Chari!... Pos mi Yoni ahora se junta con el maricón de la clase y la orientadora le va a dar la medallica al alumno del mes… ¡Qué bien educao lo tengo!
Lo verdaderamente triste de este sentimiento que se generaliza entre la ingente masa, es la hipocresía de la que mama… Créanme, todavía no estamos preparados para hacer frente a esa sociedad plural que todos los progres del globo nos quieren vender, más que nada porque la envidia prima en este planeta y la solidaridad se vende como un reclamo más del capitalismo abyecto que nos consume…
El rechazo a lo diferente, a lo minoritario, es el pan de cada día… En la cola del supermercado, en el aula de 1º A y en las reuniones de trabajo, toparse con alguien diferente, siempre, en un primer instante, despierta un cierto recelo… Y quien diga que no, es sencillamente necio.
Por todo ello y para seguir con esas lavativas cerebrales con las que desde todos los rincones de la esfera cultural nos bombardean esperando concienciarnos contra la barbarie de nuestra naturaleza, les dejo con un libro-álbum clásico francés del año 76, que, aunque en el aspecto técnico no es nada reseñable, habla metafóricamente de un tema peliagudo y muy necesario: la identidad sexual. Julia, la niña que tenía sombra de chico, un trabajo de Christian Bruel, Anne Galland y Anne Bozellec, y editado por El jinete azul, a pesar de tener un hilo conductor, para mi gusto, algo lioso, es altamente recomendable -sobre todo para adultos-, no sólo por la temática, sino porque esta es tratada desde una perspectiva doble y realista que nos hace dudar, como en la vida, sobre lo que somos y lo que queremos ser.

jueves, 8 de diciembre de 2011

De españoles e ingleses





Recién llegado de otras latitudes y asombrado por la cantidad de baba que corría estos días por las alfombras del Congreso de los Diputados, me creo con el derecho de comentar al unísono dos idiosincrasias tan distintas como la española y la inglesa, y de paso, relatarles algo de mi viaje…
Se ve que es hora de untar con jabón a todo aquel con el que compartamos escaño, y así pasa, ¡menuda fiesta de la espuma liaron ayer Don José Bono y compañía…! Cortas se quedaron aquellas míticas de Pachá, comparadas con la que ayer se gastaron sus señorías a costa del aniversario de nuestra carta magna… Y lean: no me extrañaría que, a tenor de unos contribuyentes exprimidos, la acompañaran con tripas de uro en salsa de miel y otras exquisiteces propias de las escupideras romanas… Lo que sí quedó más que claro son las tremendas ganas de figurar de algunos y la poca dignidad de otros, costados ambos de una política absurda y clasista. Y así, como si de una pintura abstracta se tratara, la cámara alta nos regala la misma imagen, legislatura tras legislatura: políticos dedicándose todo tipo de agasajos y caricias que, en vez de redundar sobre la patria, ese concepto que tanto odian los de dentro y tanto aman los de fuera, envilecen sus mismas almas.
Para patriotismo el de los hijos de la Gran Bretaña, hombres y mujeres que reparten orgullo nacional a manos llenas, no sólo en lo que se refiere a política, belicismo o ciencia, sino también en literatura y otras artes, leamos museísticas o musicales. Como ejemplo tomemos su LIJ… No hartos de producir ediciones limitadas -para regalar o limpiarse el ojahio- de sus libros para niños, son capaces de adaptarlos al cine o el teatro, hecho que queda reflejado en los más de ocho musicales inspirados en literatura infantil inglesa que llegué a contar en las vallas publicitarias de espectáculos navideños. Y no crean que les hablo de títulos clásicos, no, sino de otros mucho más modernos como El muñeco de nieve de Raymond Briggs un álbum ilustrado con solera y calidad, o la Matilda de Roald Dahl, suficientemente conocida en el mundo de las letras infantiles.
Gestos como estos, aunque sobrados de chovinismo, hacen grande a una nación, la aúpan y crean un sentimiento unido y solidario que empuja a mantener viva una cultura y, de paso, otras parcelas de la vida, porque, sólo aquel que ama el pedazo del mundo que pisa, es capaz de extender ese sentimiento a otros confines de este vasto planeta.

martes, 29 de noviembre de 2011

Después de la guerra



Cuando oímos la palabra guerra, se suceden en nuestra mente imágenes de tanques, bombardeos y trincheras, de muertos, heridos y torturados, en definitiva, estampas del dolor más inmediato. Todo un alarde de paradójico salvajismo humano…
Sin embargo, la mayoría de nosotros obviamos la otra cara de la guerra, esa que protagonizan viejos, mujeres y niños, todos aquellos que no acuden a la primera línea de fuego y quedan marginados al plano de la miseria, la supervivencia y el abuso… Una lucha de otra calaña, nada que ver con la heroicidad que abarrota todos los frentes.
La guerra siempre la sufren los que se quedan esperando que llegue el final de los enfrentamientos para, con un suspiro, continuar la vida allí donde la interrumpieron (si es que pueden…).
A mi juicio, las obras literarias o de otra índole, léase cine o teatro, que abordan el peor espectáculo del mundo desde la perspectiva de la población civil, son mucho más enriquecedoras e impactantes que las que lo hacen desde el campo de batalla. El afán por sobrevivir al hambre, la fatiga, el frío, el rencor y la envidia, es un acto de entereza que demuestra una vez más que el hombre, no sólo es un animal cruel y fiero, sino digno y lleno de orgullo.
Por todas estas razones y en mi empeño por seguir presentándoles las novedades más reseñables de esta temporada, les traigo Camino de mi casa, un libro-álbum patrio de Ana Tortosa y Esperanza León (editorial Thule), en el que se habla (o al menos así lo he interpretado yo), de esas víctimas de los enfrentamientos bélicos, de esas almas en pena, que anhelan encontrar el camino que les devuelva a su vida, una vida que dejaron aparcada por el rumor lejano de las bombas.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

De animales de compañía



Nos vamos haciendo viejos, cuestión que queda constatada por la cantidad de bodas, embarazos y bautizos que nos rodean. Será ley de vida esto de los altares, las mesas de parto y las pilas bautismales… ¡Ea!... Y a quién no le guste, que se compre un perro…
De perros, perras y otros mamíferos están llenas las tiendas de mascotas, lugares a los que peregrinan solteros de medio mundo para hacer más leve su soledad y de paso, esclavizarse hasta la pituitaria con las necesidades de bichos de toda índole. No es que me parezca mal…, pensándolo detenidamente, los niños te ladran a sabiendas y con malas intenciones, cosa que no sucede con los chuchos, las iguanas o las grajas. El mundo animal, aunque puede parecer de una complejidad pasmosa, no lo es tanto cuando convives a diario con él y terminas pensando que lo enrevesado se torna sorprendente.
Reconozco que los animales no son lo mío, pero admito que tener algo con vida girando en derredor, hace la estancia sobre esta tierra, esa sobre la que se depositan todo tipo de excrementos caninos, más llevadera y menos estática, con la pequeña aclaración de no comulgar con ese empeño de muchos dueños en tratar a sus mascotas como si de seres humanos se tratasen, ¡basta ya de correas de última generación, pret-a-porter animal y piensos de cinco tenedores!... Cobijo, comida, higiene, salud y cariño son las premisas básicas para mantener contento a su bicho de compañía, y si no me cree, lea los dos títulos de Janosch que la editorial El Jinete Azul ha sacado a la luz estos meses de hojas caídas y viento fresco.
Historia de Valek, el caballo y Valek y Jarosch tienen como protagonista a Valek, un equino con gran sensibilidad que, tras dejarse llevar por la pasión, descubre que detrás de un amo alegre y dicharachero, se encuentra la desdicha y la tristeza.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Olvidos



A nuestra especie, por lo general, le es fácil olvidar… Eso sí, hay olvidos y olvidos… Nada es comparable a olvidarse del primer amor, de traer un hijo al mundo o de ver morir a un inocente… La puntualización viene cuando nos percatamos de que olvidarse de apagar el brasero, de echar la bonoloto, de felicitar a Mengano por su quincuagésimo cumpleaños o de acudir a las urnas en una jornada de elecciones -siéndoles sincero, decirles que, entre equipajes, limpieza y arreglos florales, se me olvido votar… esta loca cabeza… je, je, je-, puede repercutir sobremanera en nuestras vidas.
Dicen por ahí que el olvido es el padre de todos los males, pero claro está, en su justa medida… Unos piden que no se olvide todo lo malo que hicieron otros para, a la postre, olvidar la razón por la que llegaron al poder… Llamémoslo necedad, es lo suyo...
Yo defiendo por tanto, una pizca de olvido y otra de recuerdo que, a partes iguales aporten la suficiente claridad para discernir entre lo necesario y lo sectario una vez arribe la hora…, y si no, que al menos la vida nos insufle un buen soplo de ignorancia para que, aunque no olvidemos con la facilidad deseada, seamos felices sin comprender el mecanismo que genera nuestro movimiento, cosa que siempre sucede de manera voluntaria al alma mediterránea que políticos y ciudadanos engordamos en nuestra mundana mortaja.
Y con unos olvidos y otros, les dejo, como no podía ser de otra forma, con El guardián del olvido, un clásico muy laureado de Joan Manuel Gisbert y Alfonso Ruano, que, sin caer en ese olvido editorial que tan poco nos gusta a los lijeros, ha sido reeditado por SM durante este otoño de bulla y trajín, para que los ciudadanos nos concedamos un momento egoísta y desconectar así de tanta urna y voto.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

De inofensivos que son fieros



Apunta el saber popular que “perro ladrador, poco mordedor”, aunque de algunos que ladran a todas horas no quiero oír ni mu, que no tengo los tímpanos a prueba de bombas nucleares esta mañana… Si al anterior dicho añadimos que “de las aguas mansas líbreme el Señor, que de las bravas ya me libro yo”, les doy suficientes pistas para averiguar que las puñaladas de hoy van dedicadas a los dóciles en vez de a los fieros -un servidor ha de tenerlos contentos a todos…, je, je, je-.
Odio con todas mis fuerzas a los que, con palabras dulces y buenas maneras, se ganan los favores de otros. Detesto a todos aquellos que, con tono dulce y falsas caricias, son capaces de ganar terreno a otros y salir adelante.
Esta claro que el mundo no es mundo desde que David Bisbal y Elena Tablada están a la gresca, pero déjenme advertirles de que esa sociedad que formamos todos, valora más lo sibilino y jabonoso, que lo serio y transparente... No tuerza el morro, querido lector, la vida cambia a pasos agigantados y más nos vale reconocer que esas buenas maneras que lo visten todo, ya no sólo forman parte de la política y los negocios, sino también de la cesta de la compra y las aulas.
Sí, sí… Yo por mi parte sigo prefiriendo lo evidente y claro, lo directo y sincero, a lo amalgamado y retorcido, a los abrazos cargados de intenciones y a las máscaras que todo distorsionan… Así me va: como el culo.
Y hablando de esos lobos que no muerden y de esos corderos con pellejo algodonoso e inofensivo, pero interior interesado y mezquino, aquí les dejo el libro Los tres lobitos y el cochino feroz (editorial Ekaré, 2009), con Eugene Trivizas a la pluma y Helen Oxenbury al pincel, que, basándose en el cuento clásico del siglo XVIII, Los tres cerditos y el lobo feroz, invierten los papeles de los personajes, modernizándolo así para estar más acorde con el mundo que antes he descrito. Aunque puede resultar extraño, el libro es gracioso y fresco, cosa que se agradece dada la cantidad de reediciones y tontadas que se están publicando últimamente. Evidentemente me ahorraré el decirles que me ha encantado. ¡La última palabra es suya!

martes, 15 de noviembre de 2011

De botones y pedradas







A esos nostálgicos que se liaban a pedradas en cualquier descampado.

- ¡Hombre, Alfonso! ¿Cómo te va?
- ¡Mira! ¡El Chino! ¡Qué elegante! ¡Con traje y todo!
- Ja, ja… Quién me ha visto y quién me ve, ¡¿eh?!
- Ni que lo digas… Acostumbrado a recordarte con la cara tiznada y las rodillas desolladas…
- Je, je… ¡Anda calla, que tu eras peor! ¡Llevabas de mugre en aquella gorra…!
- Ja, ja, ja… Como sólo tenía una, había que sacarle todo el partido…
- ¡Y de pocos golpes que no te habrá salvado, pájaro!
- Ja, ja, ja… Su función hacía, no creas que no… Ja, ja, ja
- ¿Te acuerdas cuando liábamos aquellas guerras en el solar del barrio?
- ¡Vaya! ¡La de veces que nos habremos zurrado allí! ¡Menudas guerras!
- Piedras, latas, palos… ¡Y hasta huesos de aceituna! ¡Todo lo que pillábamos a mano!
- Y al día siguiente llevábamos mercromina hasta en el ombligo… Ja, ja, ja.
- Manolo El Repeines siempre se llevaba la peor parte… ¡Qué pringao era!
- Ja, ja, ja… Si no le abrimos la cabeza cien veces no se la abrimos ninguna…
- Aquello sí era jugar…
- Pobre… Creo que ahora está en el paro…
- Ea…, la vida no cambia, sigue tan perra como siempre…

La guerra de los botones.
Louis Pergaud.
1993. Madrid: Anaya

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cuando caen las hojas...







De puro milagro ha llegado el otoño… Ya empezábamos a pensar que esa brisa norteña que de amarillo y grana cubre el campo, se había olvidado de estas latitudes en las que el sol se erige como dictador supremo.
El cielo plomizo con su lluvia, castañas y setas, paraguas y chubasqueros, la merendera, el azafrán, y ese aroma a guiso caldoso que rezuma de entre las ventanas de los vecinos, se agradece a manos llenas cuando el sopor del verano se hace insufrible durante tantos meses…
No son mis huesos los que piden humedad y frío, pero sí mi adormilado cerebro, ese que de vez en cuando redacta para ustedes las reseñas más simpares del panorama ciberespacial.
Reconozco que brotar durante octubre o noviembre es difícil para la mayor parte de las plantas, y a un mismo tiempo les digo que también lo es para mis palabras. De ahí que durante el comienzo de este curso, no preste tanta atención a libros y otros engendros literarios, aunque me mantengo a la espera de que las bajas temperaturas y el frescor de la niebla, revivan esa creatividad mía que tanto agradecen ustedes.
Por el momento y haciendo acopio del insomnio, les traigo un título pintado para la ocasión, Pedro y su roble, con texto de Claude Levert e ilustraciones (siempre exquisitas) de Carme Solé Vendrell. Reeditado por El Jinete Azul, este texto un tanto poético de los ochenta -aunque obtuvo el Premio Nacional de Ilustración en 1979-, no sólo presta atención al dispositivo cíclico de la vida a través de los árboles (recuerden que es uno de los temas generatrices en la LIJ de ayer, hoy y siempre, tan adecuado para la didáctica repetitiva de la Educación Infantil y Primaria), sino que derrama en un mismo espacio un torrente de emociones hacia la naturaleza, hacia el entorno, que puede ser utilizado para despertar en el lector un sentido conservacionista de lo que le rodea, idea muy en boga hoy día con tanta educación ambiental y tanto ecologismo de pacotilla… En definitiva: una buena opción para lucir en los expositores de novedades de un otoño tardío como el que vivimos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Leyendo para los demás



Aparte de antiimperialistas, somos tontos de capirote… Nos pasamos la vida quejándonos de que Foster’s Hollywood está acabando con la dieta mediterránea, de que si la Barbie ha hecho mucho daño a la industria juguetera de Ibi, o de que no sabemos hacer deporte sin que Reebok salga bien parada, para, al final, defender a capa y espada el que nuestros hijos se disfracen tomando como excusa esa fiesta pagana llamada “Halloween” y se diviertan en detrimento de esa otra llamada “Todos los Santos”, más propia y compungida… Y voy más allá: tanto nos hemos empeñado, que hasta en los centros educativos se ha convertido en imperiosa necesidad académica… ¡No nos queda que ver…!
En el instituto almadenense en el que trabajo y al hilo de estas celebraciones, programamos una actividad de lectura en voz alta. Un servidor sabía de antemano el rotundo fracaso que iba a cosechar…: cuando se reúnen treinta y tantos alumnos en torno a un libro y sin mucha organización, lo más probable que suceda es un revuelo de agarrarse los machos… Pese a ello, lo más llamativo no fue el resultado, sino que corroboré, una vez más, la poca práctica que tenemos los docentes en leer de viva voz cualquier texto. Por ello, y haciendo referencia a un pequeño curso de lectura en voz alta al que asistí en la Biblioteca Pública de Socovos (Albacete) con Darabuc a la batuta, enumeraré una serie de pautas que les serán de utilidad. ¡Ahí van!
- Elija un tamaño de letra adecuado. La luz y la butaca también son importantes. Siéntase cómodo mientras intenta llamar la atención de los demás con sus palabras, si no lo está, probablemente despertará otras sensaciones menos agradables…
- Familiarícese con el texto. Léalo de antemano: ha de conocer qué quiere transmitir a su público. Los textos que mejor se leen en voz alta son aquellos que hemos interiorizado previamente. Si leemos a primera vista, se hace patente el desinterés, actitud muy contraproducente cuando hablamos de animar a la lectura.
- Tras esa primera lectura, concédase un minuto para pensar en la temática del texto y el tono que debe utilizar: cómico, dramático, dulce, indiferente… Todos caben en su voz, sólo ha de elegir el más apropiado.
- Realice notas en esa lectura previa, en el papel: sobre la entonación, sobre las palabras clave, sobre la modulación del volumen, sobre las pausas que ha de hacer… Transforme el texto en una partitura: las palabras son sonidos, y los sonidos, música.
- Trabaje con su voz unos minutos. Realice unos pequeños ejercicios de relajación de la mandíbula, haga vibrar sus cuerdas vocales y utilice su cuerpo como la gran caja de resonancia que es. Su público se lo agradecerá y su garganta también.
- Ubíquese enfrente de su público. Jamás detrás o ladeado. Procure mantener una postura erguida, sin elevar demasiado el soporte de lectura. Si pone el libro delante de su cara o baja demasiado la cabeza, sus palabras se harán ininteligibles y la atención de los demás irá decreciendo.
- Respire adecuadamente. No tenga prisa. No se atropelle. ¡Fuera nervios! Si usted necesita tiempo para hacer su lectura con éxito, su público necesita tiempo para captar y procesar las palabras que escuchan.
- Intente no declamar. Deje el teatro a un lado. Leer en voz alta no consiste en realizar lecturas dramatizadas. El exceso de efusividad, superar la barrera de la naturalidad, le puede costar más de una risa.
- Gesticule sin miedo y sin excesos. Contacte visualmente con el público. La empatía es muy importante en la lectura.
- Por último, el mejor de los consejos: sea usted mismo. Leer en voz alta también es leer para uno mismo y por tanto, un acto íntimo, una propia interpretación de las palabras que quiere compartir con otros.

jueves, 20 de octubre de 2011

Cambiando de roles








Aviso para navegantes: Tras leer las palabras de hoy, muchos quedarán cariacontecidos, otros con visible enfado y algunos agradecidos, pero lejos de mi intención está el avivar la llamada “guerra de sexos”…

Tanto ha cambiado la vida en las últimas décadas, que nos resulta harto difícil saber qué papel desempeñamos en nuestro devenir… Jodienda al canto si tenemos en cuenta que todos tenemos que hacer lo que el resto de los humanos quiere que hagamos… ¡”Asín” no hay quién viva!
Los primeros en sufrir este problema son los niños que, entre tanta televisión, videojuego y tuenti, ¡ya no saben quienes son!… Se lo vocifero yo, que de púberes sé un poquito... Tendrían que ver a mis niñas, despojadas de todo decoro y amabilidad, auténticas pregoneras de la soez más baja, y esperpentos de los modelos femeninos de hoy día, a caballo entre La Esteban, Raquel Bollo y la madre de Aída Nízar… En cambio, los chicos, lelos y pavisosos hasta extremos insospechados, tienen menos arrojo que un avestruz y optan por hacer poca gala de su prestancia, pasando desapercibidos entre la marabunta de los pasillos…
Según cuenta el gremio de orientadores, no es más que un comportamiento transitorio, dado que el tiempo ubica a cada cual en el lugar que le otorgó la natura, volviendo los papeles a su sitio una vez abandonada la adolescencia, dejando que este mundo gire y gire como hasta hoy… Lo único que objeto a tanta receta psicopedagógica es que no me gustaría estar en el pellejo de algunos hombres que sufren las iras de sus malencaradas esposas con el rabo entre las piernas, o en el de algunas mujeres que piden a los hados noche tras noche porque corra la sangre en las venas de su marido... ¡Cómo han cambiado los tiempos!
Así que, como entre niños y niñas anda el juego, hoy les traigo dos alfabetos ilustrados muy especiales de la mano de Nikolaus Heidelbach y la editorial Libros del Zorro Rojo, ¿Qué hacen las niñas? y ¿Qué hacen los niños?, y que seguro Luis Daniel González los incluye en su listado de los mejores álbumes ilustrados del año en curso (no me apuesto el pescuezo por si lo pierdo… ja, ja, ja).

lunes, 17 de octubre de 2011

Narrativa criminal



Desde unos años a esta parte, sobre todo desde que despuntó en el universo editorial la trilogía Millenium arropada por toda la serie de desdichas sufridas por su autor (ya se sabe que la publicidad no es más que un mero celofán impregnado de vísceras y chismes), la novela negra se ha convertido en un género muy aplaudido, no sólo por la venerada crítica, sino por un público que, harto de prosa poética y novela histórica edulcorada, ha preferido toparse con una realidad más directa y veraz.
Aunque ha sido un género bastante denostado en el pasado (que se lo digan a los organizadores de la Semana Negra de Gijón), la novela negra se ha erigido, quizá debido a los cambios, sobre todo económicos, con los que se enfrenta Occidente desde hace unos años -no olvidemos que los avatares de la vida no son exclusivos del individuo, sino también del espectro social…-, en uno de los más leídos del panorama librero. Quizá sea ese batido de lenguaje directo y callejero, tramas esquivas, humor sórdido, oscuridad a bocajarro y escenarios diarios y reconocibles, lo que envuelve a este género de una naturaleza mortal que relata con proximidad lo acontecido al más cutre de los mortales, al mercachifle del barrio que planta cara al sindicato del crimen, para transmutarlo en un héroe de carne y hueso con pasado policíaco y los cojones del tamaño de una sandía.
Bien mirado y por alusión a Propp, no deja de ser el cuento de una cenicienta mugrienta que va en busca de la verdad, eso sí, con muchas ojeras, pestazo a cantina y cargada de mala virgen y armamento bélico, cosa que siempre da morbo y, por supuesto, empatía.
Para finalizar la noticia de hoy y para que luego no digan los profesores de lengua que jamás recomiendo títulos legibles por sus discípulos, aquí les recomiendo Cuentas pendientes, una obrita de Juan Madrid, autor en castellano que abandera el género patrio.
¡Hasta más ver… y leer!

miércoles, 5 de octubre de 2011

De huelgas de profesores...



Dado que algunos de mis compañeros han ejercido su derecho a huelga y los alumnos, solidarizándose con ellos más por perrería que por convicción, no han acudido a las aulas, me he podido permitir el lujo de meditar sobre la situación educativa actual que tanta polémica está originando.
Cada país tiene la Educación que se merece y éste, el nuestro, no es excepción alguna. Entendiendo por nación todas aquellas personas que viven en un territorio y a las que une un sentimiento y cultura comunes, diría que, es el ciudadano, no sólo votando, sino actuando como tal, quien decide el sistema educativo que desea. Seguramente al leer esto echarán balones fuera y se autoconvencerán de que siempre han apostado por una “Educación pública y de calidad” (¿quién acuño este término?, ¿acaso la Educación no es universal…?), pero déjenme advertirles que, muchos de ustedes, cultos y leídos, de viva voz, me han hecho llegar su enfado con el profesorado, con nuestro salario, con nuestras vacaciones e, incluso, con nuestra formación, resumiendo, con nuestros privilegios, para finalmente regalarnos todo tipo de improperios e, incluso, depositar sus esperanzas en la enseñanza privada, esa que no toca los cojones y regala calificaciones estratosféricas a sus malcriados hijos… Jamás me he comparado con nadie, realizo mi labor al margen de la envidia que envuelve a este país. Y me defiendo: Yo trato cada día de soportar la mala educación de los hijos de otros mientras ellos lamen culos de izquierdas o derechas, disfrutan de vermús que alcanzan las veinte mil pesetas de antes o están en manos de su amante, razones más que suficientes para merecer algo de respeto por parte de un país que terminará engullido por su propia necedad, por su propia ignorancia.
Les afirmo rotundamente una cosa: sacrificaría todos esos privilegios que según muchos tenemos los docentes en pro de recuperar la goma de butano, la regla de madera y el castigo físico. Lástima que no sea así y no se recupere la verdadera esencia que impregnaba la Escuela, esa que leí hace unos días en Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos.

La escuela, la flor, la flor, la escuela…
Todo iba muy bien, cuando Godofredo entró en mi clase. Pidio permiso y fue a hablar con doña Cecília Paim. Sólo sé que señaló la flor en el florero. Después se marchó. Ella me miró con tristeza.
Cuando terminó la clase, me llamó.
-Quiero hablar contigo, Zezé. Espera un momento.
Se puso a meter las cosas en su bolsa y no acababa nunca. Se veía que no tenía ningunas ganas de hablarme y buscaba el valor entre ellas. Al final, se decidió.
-Godofredo me ha contado una cosa muy fea de ti, Zezé. ¿Es verdad?
Dije que sí con la cabeza.
-¿Lo de la flor? Pues sí, señora.
-¿Cómo lo haces?
-Me levanto más temprano y paso por el jardín de la casa de Serginho. Cuando el portal está solo entornado, entro deprisa y robo una flor, pero hay tantas, que sobran.
-Sí, pero eso no está bien. No debes hacer eso más. Eso no es un robo, pero es un “hurtito”.
-No, no lo es, doña Cecília. ¿No es el mundo de Dios? ¿No es Dios todo lo que hay en el mundo? Entonces las flores también son de Dios…
Se quedó pasmada con mi lógica.
-Sólo así podía hacerlo, señora maestra. Allí, en mi casa, no hay jardín. La flor cuesta dinero… y yo no quería que en la mesa de usted estuviera siempre el florero vacío.

martes, 27 de septiembre de 2011

La otra mirada





De sobra conocido, el veranillo de San Miguel, se antoja una buena época para membrillos y otros engendros… También el periodo ideal para que un servidor vuelva a la carga, no sea que sufran de varios jamacucos, debidos, en gran parte, al síndrome de abstinencia provocado por la desconexión literaria en la que les he sumido durante los pasados meses. Déjenme ser sincero (más todavía…) mientras les digo que no les he echado de menos. Nada, ni tan siquiera un ápice… Pero no se ofusquen, por favor… En vez de “desapego”, llámenlo “desconexión”.
Les podría comentar con todo lujo de detalles mis devaneos estivales, pero dispongo de poco tiempo para las noticias de este nuevo curso que empezamos (no me reprochen nada: descarguen su ira sobre el maestro armero, que el aquí firmante es un mandao…), por lo que iré directo al grano y les desgranaré una de mis lecturas playeras que, además, se ha revelado como novedad editorial recientemente.
No es lo mismo dedicarse a la escribanía que a la escritura, dos oficios estos con mucha solera. Aunque ser escriba esté más que obsoleto y prácticamente extinguido, se me antoja una profesión de mucho talento y concentración, no apta para la mayoría de mis alumnos, auténticos ineptos en cuanto a caligrafía se refiere. En la cultura oriental, el calígrafo, el que escribe, merece el reconocimiento ajeno, un trabajo introspectivo que, rebosando intimidad, busca el interior de uno mismo, mensaje que Herman Melville, en su obra Bartleby, el escribiente, lanza al lector. Alejándose de la intrincada creación de un personajes monumental, Melville se decanta en este relato por un protagonista que, ajeno a la realidad, puede servir como espejo -o espejismo- al espectador que, con cierta extrañeza, mira casi con piedad, a los ojos de esta especie de mártir anónimo, para llegar a la conclusión de cuán grande, cuán mezquina, es la naturaleza humana.
Decir que, pese a haber sido editada en incontables ocasiones, no creo que Bartleby sea una narración apta para adolescentes en ciernes ya que, bajo esta ligera apariencia, subyace una visión adulta: la otra mirada.

miércoles, 29 de junio de 2011

Hastaluego veraniego



Les rogaría que no me asestaran un merecido golpe por haber cerrado durante los pasados días esta ventana que nos comunica. Ríanse o tuerzan el morro, pero tengo decenas, cientos de excusas que darles… Exámenes por corregir, exámenes que sufrir, suspensos que asimilar, alumnos a los que calificar, cumpleaños que celebrar, fiestas de guardar, labores que no pueden esperar, incluso plantas para regar… ¿Me perdonan, verdad?... Je, je, je… ¡Pues vuélvanse a enfadar porque la de hoy es la ya clásica despedida que anticipa el verano! (que ojito cómo se las está gastando…).
Ya ando algo cansado, la frescura de las palabras no es la misma que durante el septiembre pasado, todo ha cambiado, como es lógico, y necesito ir a cualquier orilla, saltar muchas olas… ¡y leer algo que no comparta con ustedes!
Prometo que volveré, seguramente allá por septiembre, cuando el curso se ponga en marcha con nuevas ideas, continuaciones, pesquisas y, cómo no, libros.
Disfruten del estío, y si no, ya lo haré yo por ustedes.



Me gusta mucho nadar
con las gafas submarinas.
Cada pez es un amigo:
los hay chicos, también grandes,
y otros están escondidos.
Digo al ver las escorpinas:
¡vaya espinas!

No me pinchan los erizos
ni me asustan las herreras:
son un rebaño de plata
y se acercan marrulleras.
Peregrino
barbafino,
si los peces quieres ver,
¡mucho ojo!
En remojo
las barbas vas a meter.

Nado cerca de la playa
y descubro un lenguadito
que me mira de reojo
con un ojo.
Plano en la arena, estirado,
camuflado y rebozado,
me espía de medio lado.
Lenguado, lengua de palo,
si te vuelves a enterrar
nadie te podrá encontrar.

[…]



Olga Xirinacs
Chapuzones.
En: Marina y Caballito de mar.
Ilustraciones de Asun Balzola.
1998. Madrid: Anaya.

miércoles, 15 de junio de 2011

Llevar palabras al último rincón




Si el otro día auguraba cambios para otros, hoy notifico los que dentro de unos meses acontecerán en la vida de un servidor (eso me pasa por hablar…).
Como bien recoge nuestra carta magna, todo español, sea rico o pobre, de diestras o siniestras, tiene derecho a una educación (ya saben que hay varios tipos…), por lo que, allá donde vayan, aldeas invisibles, villas de rancio abolengo, pueblos chicos, capitales provincianas o gigantes urbes, encontrarán maestros dedicados a este menester: educar. Y así, el curso próximo –como mínimo- desempeñaré mi labor como docente en un pequeño pueblo minero llamado Almadén, por la mera razón de llenar cualquier rincón con palabras, con rimas, de sueños…



Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca…
hay que medir, pensar, equilibrar…
… y poner todo en marcha.
Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera enarbolada.



Gabriel Celaya.
Educar.
En: Vivir es fácil. Antología.
Selección de Felipe Juaristi.
Ilustraciones de Rebeca Luciani.
2011. Zaragoza: Edelvives.

lunes, 13 de junio de 2011

Elecciones anticipadas



Se anuncian vientos de cambio para el cercano noviembre o, al menos, eso se bisbisea entre pasillos y corredores, el mejor lugar para corrillos y confidencias... No es de extrañar tal decisión una vez examinados los resultados de algunos durante el presente curso político, y que sólo pueden terminar con un castigo inminente: la decapitación.
Sonará cruel y un pelín burlesco, pero hacerse desear y prorrogar situaciones agónicas y fuera de todo juicio, sólo acrecenta el egocentrismo y, de paso, la tasa de odio popular, para terminar a la postre como un condenado a muerte más, juzgado de antemano y sin perdón posible.


Reclinado sobre el suelo
con lenta amarga agonía,
pensando en el triste día
que pronto amanecerá,
en silencio gime el reo
y el fatal momento espera
en que el sol por vez postrera
en su frente lucirá.


[...]

José de Espronceda.
El reo de muerte.
En: A toda vela. Antología.
Selección de Ana María Navarrete Curbelo.
Ilustraciones de Miguel Tanco.
2007. Zaragoza: Edelvives.

viernes, 10 de junio de 2011

Tripas a todo color



No cabe duda de que hurgar es cosa de niños… Guiscarse la pituitaria hasta encontrar petróleo, fisgonear en el cabello en busca de piojos o manosearse como monos, son acciones propias de infantes con ganas de descubrir el mundo, buscar el porqué físico de las cosas, en definitiva, ejercer de joven investigador hasta que, de un manotazo o algún disgusto, desaparezcan las ganas. He aquí el leitmotiv de los libros de aprendizaje o conocimientos, unas veces muy útiles, otras para desechar en algún contenedor de reciclaje…
Hablando de estos libros les diré que, cuando no levantaba tres palmos del suelo, mis favoritos eran aquellos que, sin mucha literatura y dibujos detallistas, eran capaces de dilucidar el engranaje de un coche, el fuselaje de un avión, el interior de un castillo del medievo o la constitución del cuerpo humano, grandes trabajos de disección que se merecen mi admiración y respeto, no sólo por la calidad artística, sino por el grado de investigación que esto requiere.
De entre los muchos autores que cabría reseñarles podría citar el maravilloso trabajo de Stephen Biesty (siempre me ha encantado la labor de este forense del lápiz cuyos originales pude admirar con motivo de la exposición “El lápiz mágico”, desarrollada en el año 2004 por el British Council y Biblioteca Nacional), pero por citarles un buen libro que, de este modo es capaz de explicarle a un niño nacido entre asfalto y nubes de dióxido de carbono cómo se organiza clásicamente una antigua casa de campo (una pena que queden pocas de estas, ¡con lo felices que serían muchos descubriendo todos sus rincones…!), les recomiendo La granja, de Philippe Dumas, un libro-álbum reeditado por la editorial Corimbo (en un formato menor, todo sea dicho…) que acabará destrozado a base de relecturas, el mejor final para cualquier libro.

martes, 7 de junio de 2011

Exámenes, bibliotecas y sueños







Perdonen si se han sentido abandonados durante la pasada semana, pero un servidor es de esos que sufren los exámenes universitarios en silencio, dedicando los días previos a las pruebas, la mayor parte del tiempo libre a memorizar y comprender todo lo que no ha memorizado ni entendido a lo largo del cuatrimestre… Y pensarán indignados: “¡Parece mentira tratándose de un profesor…!” A lo que, a modo de respuesta, me ruborizaré como un quinceañero... C’est la vie…
Tras realizar una comparación introspectiva entre mis años de estudiante mozo y los que ahora vivo, les comento que algo ha cambiado en mis hábitos de estudio: prefiero el silencio de cualquier rincón, llámese aula vacía, sala de estar o banco en el parque, al rumor tumultuoso de las bibliotecas y las mal llamadas salas de estudio…Sí, otro capricho paradójico mío teniendo en cuenta que soy un defensor acérrimo de estos lugares donde viven los monstruos, eso no quita para opinar sobre el veto de entrada a escandalosos en exceso y marrulleros sin mesura…Sí, sí, sé de ese nuevo concepto de biblioteca, la biblioteca abierta, que abandona el hermetismo para que el ciudadano campe a sus anchas entre la cultura infinita, esa biblioteca que se toca, se escucha, e incluso se saborea. Que la biblioteca no es una cripta repleta de sarcófagos con momias dedicadas a la lectura, la morada del saber, lo sabemos ¿todos?, pero creo que ambas visiones pueden convivir bajo un clima de respeto y entendimiento, ¿o no?... Pensándolo bien, para preparar el próximo examen me acercaré a mi biblioteca favorita, estudiaré mientras los susurros de los demás me lo permitan y, cuando no sea así, dejaré caer mi cabeza sobre la mesa y soñaré con todos los mundos que encierran los libros que me rodean, quizá me encuentre con algún pez rojo que me guíe, que me descubra lo que nunca imaginé…

B.S.O.: Paulina. 2010. The lazy song. (Bruno Mars’ cover).

viernes, 27 de mayo de 2011

La mente en blanco





Los que de vez en cuando pensamos, en comparación con otros mortales, sufrimos más de la cuenta, cosa que no es de extrañar dada la pasividad que nos rodea, no sólo la física (aquí, en este país, ni queriendo -cosa rara- se ejercita el lomo), sino también la mental… ¡Y demos gracias a que las pasadas elecciones han puesto una nota de color a los telediarios…! ¡Que no es poco…!
Como les iba diciendo: esos que hacemos funcionar al engranaje cerebral, por si no tuviéramos poco con el día a día, nos enrolamos en todo tipo de campañas, bien sea la de la renta (les pongo sobre aviso de que este año la hacienda pública está demorándose más en soltar la manteca colorá… ¿por qué será…?), el aprendizaje de lenguas extranjeras o la siempre manida Universidad Nacional de Educación a Distancia, un clásico del eterno estudiante… ¿Y pa’ qué?... Pos pa’ na… A veces pienso en la felicidad inmensa de otros muchos que, dejando a un lado un buen puñado de preocupaciones, siguen durmiendo sobre algún guindo, cosa harto difícil para los que como yo, no paramos de devanarnos los sesos durante la mañana, la tarde y la noche, con afán de darle un sentido a nuestro deambular por la vida, ¿más agitada y estimulante? En absoluto… Así que, buscando una respuesta a tanto dilema existencial y echándose encima el estío (¡por fín!), he concluido en aparcar mi cuerpo debajo de alguna sombra y dejar mi mente en blanco en esta tarde de viernes, la mejor de las curas para todos los quehaceres que se avecinan.

Serrano, Lucía. En blanco. 2010. Madrid: Anaya. Colección "Sopa de cuentos".

martes, 24 de mayo de 2011

Erradicando la peste...







Seguramente esperaban una síntesis de todo lo acontecido durante los días pasados en los que los pseudodemócratas (¿alguien comprende el contenido panfletario de ciertos discursos a caballo entre la Segunda República y el comunismo?, ¿algún leído me lo explica?… soy algo estrecho de miras y, de paso, bastante analfabeto) salieron a la calle, en los que la jornada de reflexión se convirtió en un mercadillo de ropa de marcas falsificadas, en los que la libertad -esa que dan los bolsillos vacíos- opinó en las urnas…, pero no, hoy hablaré de la esperanza…
Muchos, de más, viven en un halo nostálgico, embebidos en un romanticismo rancio, como si de algo sirviese en un mundo rodante, mutable…, una cuestión que me hace pensar en sus mentes desesperanzadas. El hombre, siempre, ha de mirar atrás e intentar no cometer los errores que lo hicieron desgraciado, pero avivar consignas desmedidas, inventar nuevos gritos de guerra, con tal de vivir en el estulto panorama que nos acorrala durante los últimos años, me hace encoger de hombros y esbozar una mueca de extrañeza. Anquilosarse en una situación estática, inamovible, donde el progreso es una noria, mata la esperanza, el motor del corazón.
Quiero decir con esto que, lejos de inclinaciones políticas, signos y discursos demagógicos que soplan de un sitio u otro, es nuestra supervivencia el único valor que nos une, por lo que, sacrificando los intereses personales, hemos de obrar por un bien común, por entreabrir la ventana y dejar que los soplos de aire fresco erradiquen la peste que unas veces se extiende desde la derecha y otras, desde la izquierda.
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