lunes, 5 de diciembre de 2016

"Coaching" emocional y ¿literario?


A la Miss-Pe, su Grey y todos los amantes de las nubes.

En un mundo occidental lleno de complejos personales y aspiraciones ionosféricas, no es de extrañar que mis alumnos lloren sin cesar. No sólo por kilos de más o kilos de menos, amores fatales o no correspondidos, dimes o diretes. No. Que si el pavor frente a un examen, que si la nota no les llega, que si mi padre me corta la cabeza.... Lo mejor de todo viene cuando en las sesiones de evaluación alguna “eminencia” pedagógica les receta psicoanálisis y ansiolíticos ipso facto... Además de unas incontrolables ganas de escupirle por tonto/a, me da la risa y pienso en lo feliz que era viviendo a todo trapo mis diecisiete años (que por cierto ya no volverán... ¡Sniff!).
Quizá la crisis y su rasero hayan potenciado esa (auto)competitividad y (auto)perfección que no sólo observamos en los adolescentes, sino también en madres de familia, hombres de negocios y opositores desesperados. Esos males, otrora de ricos, azotan hoy día a cualquier pobre que se deje obnubilar por las expectativas ficticias en vez de comerse un buen guisado de costillas. Yo sigo con lo mío: prefiero volar liviano sobre el suelo que pisotea el cielo y llenarlo de mugre (Hay que velar por la limpieza celestial no sea que nuestra alma no se cubra de roña). Sí, sí, mucha teoría: “La vida nos depara todo tipo de sorpresas...” Bla, bla... “De nosotros depende adquirir y saber utilizar las herramientas precisas para adaptarnos a cada situación...” Bla, bla, bla... ¡Pero qué poca práctica!


De golpe y porrazo todo está controlado por psiquiatras, psico-pedagogos y “coaches”. Es el producto de una sociedad que, a pesar de su modernidad, se siente cada vez más huérfana. En un principio, esta intromisión fue consensuada (ya saben que abomino del intervencionismo en sus múltiples facetas), para, paulatinamente, transformarse en una necesidad prioritaria de Occidente (Mami, qué será lo que tiene el negro...) que con sermones y doctrinas va paliando el dolor de su enfermedad endémica: el vacío.
Ni qué decir tiene que el mundo infantil, como extensión del adulto, y concretamente el de la literatura infantil, también se han hecho eco de ello. ¡Qué mejor que el libro, ese artefacto cultural de primer orden, para ayudar a estos niños pobrecitos que no saben qué se pescan! Y así pasa, que muchas editoriales han aprovechado la coyuntura para dar forma e incluir en su catálogo todo tipo de libros que, escritos por psicólogos de profesión (curiosa incursión), enmascaran de literatura la autoayuda y ahondan en el estado emocional del lector con fines terapéuticos.


Quizá no haya nuevo bajo el sol ya que la LIJ ha estado ligada, inevitablemente, a lo pedagógico. La diferencia es que las fábulas de Esopo abanderaban lo cotidiano, lo ético y lo moral, mientras que en nuestros días se trata de enseñar qué es la ira, la sorpresa o la envidia a través de un libro (¡Vivan las sociedades capadas emocionalmente!). Como bien nos indica Juan Cervera AQUÍ “[...] el didactismo con mayor o menor intensidad sigue presente en los libros para niños, y seguirá presente bajo nuevas formas que lo alejen de los tonos suasorios y paternalistas de antaño, pero con intenciones a menudo menos claras y, por supuesto, al servicio de otros intereses frecuentemente mucho más alejados del niño y su verdadera problemática que los de antes”.
Cada cual que compre los libros que quiera, pero lo mejor sería hacernos la pregunta "¿Para qué los compramos?" Si la respuesta es “Para divertirnos” la cosa está más clara que el agua. En cambio, si tiene más que ver con “Para que mi hijo sepa hacer amigos” o “Para que mi nena aprenda a ordenar su habitación”, hay que hacerse otra pregunta con respuesta más compleja: "¿Dónde termina lo literario y empieza lo didáctico y pedagógico en la Literatura Infantil?"


Como algunos estamos de puente y hay mucho que hacer, prefiero responderles con un ejemplo. Willy y la nube el último libro de Anthony Browne (Fondo de Cultura Económica), además de darle en el asa a todos los que se hinchan a somníferos y terapias variadas a causa de esas nubes que les rondan la cabeza (más les valdría irse de juerga y dejar de parecer lo que no son), incluye en sus características ilustraciones surrealistas, abundantes metáforas y elementos libres de doctrina que empujan suavemente al lector a la hora de avanzar a través de ese campo de minas que se llama “Día a día”.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

¡CLAPeando de contento!


No sé qué me pasa, pero últimamente todo mi mundo hace CLAP... Hacen CLAP mis alumnos , mi familia y mis amigos. Hasta los dependientes hacen CLAP (¡Qué sonrientes y qué gusto da ir a comprar un poco de pan!) y los camareros también llevan CLAPeando unas semanas. El otro día noté como un futuro Mateo CLAPeaba en el vientre de su madre. Salma y Nora hacen CLAP a todas horas con cualquier cacharro. ¿Lo escuchan? Mi corazón... CLAP, CLAP, CLAP, CLAP..., sin parar, como un metrónomo, como cientos de aplausos. Quizá es una señal de que algo grande se avecina ¿Quizá una semana llena de días festivos? ¿O será la Navidad? (Me encanta aunque no la practique). Ya veremos... El caso es que: CLAP, CLAP, CLAP ¡sin cesar!... ¡Un momento! Alguien se acerca... “¡SHHHH! ¿Puede usted parar ya? ¡Qué manía de alborotar!” “Disculpe, señora...” digo flojito mientras callo en voz alta: ¡Déjenme sonar a ritmo del CLAP CLAP! Ese CLAP que me suena a gotas de lluvia (¿O eso era PLOP, PLOP? ¿O quizás CLIN, CLIN?), a cuando alguien se acerca, a cuando la brisa del mar ventea la ropa tendida al abrigo del sol... ¡A puro movimiento! Las alas de una gaviota suenan a CLAP (las de algunas mariposas también). ¡CLAP! Cuando alguien termina la partida de dominó. Y de CLAP en CLAP se me pasan los minutos, las horas, hasta que cansado de leer, la tapa del libro hace CLAP...




No me extraña que, con tanto dinamismo (¡Cuánto salto y brinco! ¡Cuánto despiporre!), a Madalena Matoso le haya dado por darle forma a El libro que hace clap. Publicado por Fulgencio Pimentel, este álbum es una de esas maravillas (¡Atención! ¡Que no suelo usar palabras como esta!) que nos han traído las últimas semanas. Sólo les digo que me topé con ella en una lluviosa mañana otoñal, y llenó de colores el cielo. El calorcito llegó después, cuando de tanto CLAP, el organismo entró en combustión. No se lo piensen: te pone frenético y te vuelve loco. Sólo se me ocurre dedicarle varios CLAP a su autora (¡Fantástico ese diseño de personajes de líneas básicas con ejes de simetría y movimiento!) y a la editorial que nos lo ha traído a España para, por supuesto, compartirlo con todos nosotros. ¡Que tiene mucho peligro este libro lleno de onomatopeyas! Léanlo con moderación y no se atiborren de él, o les pasará como a un servidor... CLAP, CLAP, CLAP...


martes, 29 de noviembre de 2016

Hijos únicos: la LIJ como espejo



Occidente se llena de hijos únicos. Cada vez son más las familias formadas por tres, o incluso dos miembros. No digo que sea bueno, tampoco malo, simplemente es. Una realidad debida a múltiples factores que muchos suponen y que no me voy a poner a desgranar (¡Dios me libre! Con lo susceptible que está la gente, ¡cualquiera se atreve...!). El caso es que, hace un par de días, inspirado por una divertida sobremesa con las hijas de una amiga (no sé quién era peor, si yo, o ellas), hice una comparativa entre esta situación y otras en las que participaban hijos únicos, y dar así con algunas consecuencias de la crianza de niños exclusivos.


Dejando a un lado el concepto tan manido del pequeño tirano, uno donde hay mucha culpa y poca disciplina, hay que prestar atención a otros muy importantes. Destaca el superpaternalismo, efecto que no sólo nace de la (sobre)protección a la que se somete cualquier vástago (desde el punto de vista biológico, los padres cuidan de su prole con la esperanza de que la información contenida en sus genes trascienda con éxito), sino de nuevas concepciones de la crianza en la que tienen mucho que decir las aspiraciones sociales y un alcance de la perfección (llámenlo postureo, si quieren) etérea que en muchos casos, priva de libertad a los hijos y provoca ansiedad en los padres.
También hay que apuntar al niño-viejo. El niño, al verse desprovisto de referentes infantiles de carne y hueso (algunos, excepto en escuelas y guarderías, poco juegan o se pelean con sus iguales), se transforma en una mala y errónea versión de los adultos con los que interacciona, gestando unos patrones comportamentales que no le pertenecen y que, conforme crece, producen actitudes equívocas para con él mismo y todo lo que le rodea.


Por último, y para que esta entrada no se convierta en un gabinete psicológico/sociológico (seguramente podría dar con muchas más, pero este blog trata de libros y no de metijacos), les remito a la soledad... Algunos valoramos positivamente la soledad, más que nada porque la hemos elegido, pero cuando ésta te atrapa como una imposición ajena a nuestros intereses, puede transformarnos e incluso rompernos. Esa es la soledad que practican muchos niños mañana, tarde y noche a costa de divorcios o prioridades de otro tipo. Esa es la soledad que ennegrece la infancia.
De entre todos los ecos que nos llegan, los de la literatura infantil y el mundo del álbum ilustrado son los que nos interesan. Los libros infantiles no podían ser menos y han abierto caminos, estelas luminosas (pocas veces grises, diría yo) a todas estas situaciones que irrumpen en la vida de los niños. Es así como nacen los álbumes en los que el niño protagonista (o héroe, ¿por qué no?) se enfrenta al desarrollo de la acción sólo y sin ayuda de otros humanos en un mundo desconocido (se me ocurre citar títulos como Donde viven los monstruos de Sendak, En el desván de Oram y Kitamura o El árbol rojo de Tan, tres títulos diferentes en cuanto a lenguaje y discurso), algo que, en cierto modo, se asemeja al planteamiento de muchos cuentos tradicionales (les remito una vez más a Propp). De entre ese gran listado que podríamos ir enumerando, aquí traigo dos seleccionados de entre la multitud de novedades que flotan por las librería...


Hija única, una novela gráfica sin palabras de Guojing y publicada en nuestro país por Pastel de Luna, una editorial que ha apostado abiertamente por las obras de cuño oriental, nos cuenta la historia de una niña que, a raíz de un descuido se encuentra con un nuevo escenario en el que realidad y fantasía se mezclan (N.B.: Creo que la técnica a suave lápiz de grafito es muy acertada en una obra de estas características porque ayuda dar esa impresión de borroso espejismo que el lector traduce a modo de sueño) a favor de la liberación, de dejar los corsés paternos para hallar la catarsis en un mundo propio y personal en el que la sobreprotección está presente a diario.


Por otro lado, el álbum ilustrado Lenny y Lucy de los geniales Philip C. Stead y Erin E. Stead, que publica en castellano Océano-Travesía, también tiene como protagonista a un niño que se muda de hogar junto a su padre. La narración, sustentada sobre unas ilustraciones amplias, quietas (Es hermoso contemplar a los protagonistas sentados en fila, unas veces en número impar, otras emparejados en dulce simetría; invitando al lector a que se una a ese momento, a mirar en el bosque mientras le dan la espalda) y, a veces, solemnes, es muy poderosa, más todavía si sopesamos que la economía del texto establece sinergias con el silencio del entorno... Es así como el discurso bascula entre la soledad propia y la ajena, entre la búsqueda del amigo imaginario y el real, entre el miedo y la valentía.


En fin, que mientras los hijos del hoy se aclimatan a los nuevos aires de la vida moderna, los niños que fuimos seguiremos discutiendo con nuestros hermanos, que a pesar de lo paradójico y anacrónico, no deja de ser una suerte: un regalo del tiempo pasado.

lunes, 28 de noviembre de 2016

De hojas caídas y botánica humana


Entre que he tenido un fin de semana muy vegetal y las calles se cubren de las hojas que deja caer este otoño de libro, las plantas, unas cuya simbología es fecuentemente usada en los álbumes ilustrados, han regresado a mi vida de golpe y porrazo. Así que hoy les daré la vara con la etnobotánica, esa (pseudo -para algunos-)ciencia que estudia las relaciones que ha establecido, establece y establecerá el ser humano con el reino vegetal, la disciplina que presta atención a esa historia conjunta entre hombres y organismos fotosintéticos.


Por lo general, preferimos los animales a las plantas. Se mueven y eso les da mayor entidad para acompañarnos, pero si lo piensan un poco caerán en la cuenta de que cualquier hogar (y no digo casa) no lo es sin plantas. Además, presten atención: ¿acaso no se han percatado de que viven rodeados de plantas sin verlas? Fíjense: nos despertamos sobre un colchón de látex, polímero elaborado por las plantas originariamente, que descansa en un somier fabricado con láminas de madera (pino, abedul u otras plantas exóticas). Nos deshacemos de las sábanas, cuya materia prima esencial es el algodón, y nos dirigimos al baño. Nos servimos de geles de ducha con aromas florales y esponjas derivadas de fibras vegetales para el aseo, secamos nuestra piel con toallas de algodón rizado, y nos perfumamos a base de colonias con notas de bergamota, rosa, pachuli, limón, musgo o jazmín. Vamos a la cocina con intención de prepararnos un buen desayuno: taza de café o té (el azúcar, blanquilla o de caña, es opcional), dos de los productos por cuyo dominio han pugnado históricamente los hombres, símbolos de poder y moneda de cambio; tostadas a base de pan, tradicionalmente elaborado con harina de trigo, centeno y semillas, que podemos untar con aceite de oliva, tomate, mermeladas (mi preferida la de naranja amarga o arándano) o aguacate. Y mientras disfrutamos de este opíparo reconstituyente, miramos el reloj y... ¡Sorpresa! ¡Llegamos tarde!Abrimos de correprisas la puerta de nogal de la entrada y salimos pitando para el trabajo sobre las cuatro ruedas de caucho (Hevea brasilensis).


Este es el ejemplo más cotidiano que se me ocurre para explicarles que la vida humana depende directamente de más mil especies de plantas e indirectamente de otras dos mil quinientas, lo que quiere decir que echamos mano de más derivados vegetales que animales para nuestra supervivencia, algo que ponen en evidencia los tintes de los tejidos que nos visten, muchos productos sanitarios, la mayor parte de los medicamentos (el ácido salicílico, la penicilina, la taxoina o la digitalina, entre otros) o polímeros utilizados en la industria, como gelatinas, gomas, resinas y otros exudados (acuérdense del chicle y los helados industriales..., sí ,sí, oyen bien).


No obstante, también podemos dejar a un lado el lado material de las cosas y decantarnos por algo más poético y espiritual. Las plantas dentro de la cultura religiosa (el Árbol del Bien y del Mal cristiano, el Yggdrasil nórdico o el loto ayurvédico son buenos ejemplos), su simbología (olivos, palmas, incienso...), su belleza extrema (No dejen de visitar la Selva de Irati este otoño y sabrán a lo que me refiero) o como protagonistas de las historias más hermosas, de entre las que les traigo Mi gran árbol un álbum ilustrado de Jacques Goldstyn y editado en castellano por Tramuntana que además de plantas y hojas caídas (aunque no sean por los rigores de la lluvia o el frío), nos habla de mucho más...

jueves, 24 de noviembre de 2016

Francia-España y viceversa: una comparativa del álbum infantil.


Bataille, Marion. 2008. ABC3D. Kókinos.

Andaba yo redactando estareflexión en torno al juego en el álbum infantil, cuando me vino a la cabeza la comparativa entre los álbumes franceses (esos que tanto alborotan) y los de cuño patrio (más quietos y evidentes). Con este frío que pela y la testa recién rapada, estas ideas se han despabilado, así que, como el arte “me se” rebela (o se congela, que todo puede ser...), aquí traigo una de hispanos y gabachos.
No cabe duda de que, dentro del panorama editorial europeo (y de un modo casero) se distinguen entornos (si gustan, llámenlos mercados) creativos diferentes de entre los que destaca el francés. Quizá esté detrás del inglés en cuanto a ventas, pero tiene una mayor entidad artística, algo que se desprende de la gran influencia que tiene, no sólo en el mercado y el producto español, sino en otros entornos, entre los que podemos destacar los países de habla francófona (similitudes lingüísticas y arraigos históricos y culturales) y otros países vecinos que, como España, Alemania e Italia, comparten con ellos rasgos puntuales.


Strady, Sophie y Martin, Jean-François. 2016. Souvenirs de Marcel au Grand Hôtel. hélium.

Aunque el álbum es un invento anglosajón, son los franceses los que más han diversificado este producto dándole una vuelta de tuerca y potenciando el llamado álbum contemporáneo (¡Esperemos que al final no se adueñen de su autoría!). No hay que dudarlo, el mercado francés reinventa el género a través de enriquecer una y otra vez (a mi juicio) dos premisas básicas: apostar por las artes gráficas y potenciar el objeto libro desde sus más variadas perspectivas.
Las artes gráficas en general y la ilustración en particular, cuentan con una larga tradición en Francia y otras zonas francoparlantes, que continua en estos días gracias a un amplio mercado editorial, no sólo del libro-álbum, sino del cómic y la novela gráfica. Esto favorece una continuidad laboral de los profesionales que trabajan en este sector de una manera digna y libre. Esto no es algo que no ha ocurrido en otros ámbitos europeos, como por ejemplo el español, donde las artes gráficas sufrieron un gran declive hace bastantes lustros.



Pollet, Clémence e Icinori. 2009. Residus de sirenes. Icinori

Por otro lado hay que apuntar a la importancia que el mercado francés presta al objeto libro.Las páginas hace mucho que dejaron de ser planas en el álbum francés. Adquirieron una tercera dimensión (e incluso una cuarta: les remito a los discursos complejos). Se empezaron a concebir con formas y tamaños nunca antes vistos, con materias primas diferentes. Usaron los pliegues del origami para darle movimiento a la lectura, sopesaron los elementos pop-up para imprimir otro valor al libro. Retomaron técnicas de impresión tradicionales mezcladas con nuevos tratamientos... Y así, el álbum se convierte en un objeto de diseño/deseo (llama poderosamente la atención los tirajes limitados de algunos títulos) que fomenta su consumo como pieza artística enriquecida.


Boisrobert, Anouk, Rigaud, Louis y Guerrero, Pablo. 2009. Popville. Hélium (Kókinos en castellano)

Aunque estas son las principales características que más me llaman la atención del libro-álbum francés y que creo que lo definen bastante aunque de una manera reduccionista en el nuevo universo global de este género (de unos años a esta parte la distancia entre unos ámbitos y otros se ha acortado considerablemente), sí me gustaría hacer hincapié en las diferencias que veo entre los libros franceses y los españoles. Helos aquí.
1. El álbum francés, por lo general, está muy pensado. Quizá esto se deba a la enorme competencia en un sector donde infinidad de buenos títulos pugnan por el éxito comercial y/o de crítica. Los autores se forman a conciencia en el género y ello les sirve para reafirmar su calidad como artistas. En España, la mayoría de los ilustradores son multidisciplinares, no están tan especializados y esto, en muchos casos, hace que el engranaje del producto no funcione lo bien que se esperaba, algo que provoca la no optimización del esfuerzo final. Creo que en España hay ideas geniales, pero que no están bien resueltas.


Anne Bertier. 2006. Chiffres en tête. Éditions Mémo

2. El humor español es más evidente y canalla, más vehemente y rápido. Directo. Más grotesco y burlón (Es lo que tiene ser menos críptico...). Ellos son más sutiles e irónicos, algo que se debe, principalmente, a que son los reyes de la disyunción (N.B.: Aunque las imágenes y el texto se complementen, cada uno nos habla de una cosa, incluso de lo contrario, lo que resulta paradójico para al lector. Es chocante, incomprensible, ridículo...) y eso, claro, nos lleva a la sonrisa.


Bachelet, Gilles. 2004. Mon chat le plus bête du monde. Seuil Jeunesse (RBA en castellano)

3. El juego está presente en multitud de álbumes de autoría francesa. Nos llevan a despejar incógnitas, a buscar soluciones, a trazar distintos caminos, a tropezar en la lectura, y de paso, también divertirnos. Por el contrario el álbum español es más lineal, unidireccional, y desemboca en un discurso con menos posibilidades. Quizá esto se deba a la poca experimentación en el panorama de nuestro álbum, más tradicional que posmoderno... No sé, pero el caso es que jugamos poco.


Morlot, Phillipe. 2014. Mon ABCD. Autoedición.

Pero, ¿son estas razones suficientes para que en España se traduzcan tantos álbumes franceses?... Me consta que no soy el primero que se ha fijado en todo esto y que son muchos los autores y editores que vienen observando lo que acontece allende los Pirineos, una realidad que está modificando la de nuestro libro-álbum. Ni qué decir tiene que el intercambio de ideas es el pan de cada día, pero sí es cierto que, la influencia del mercado francés es muy potente, algo que se puede deber a las siguientes coincidencias:
a) Los españoles (inclúyase quien quiera) somos provincianos por tradición (lo del vecino siempre es lo mejor aunque sea una mierda), por imitación (Hemos compartido reyes, ¿por qué no leyes? Sólo les voy a enumerar las educativas, unas que, después de treinta años, ha quedado claro que de poco valen) y por ósmosis (esto lo dejo para un monográfico...).
b) La aparición a finales del siglo XX y principios del nuevo milenio de muchas casas editoriales independientes ha supuesto una diversificación de nuestro mercado. Estas empresas necesitan productos diferentes a los habituales para competir en un sector que tradicionalmente había sido controlado por unos pocos. Es entonces cuando muchos de estos editores empiezan a mirar a otros horizontes y publican títulos procedentes de editoriales similares del ámbito francés, que tendrán éxito comercial. Por otro lado, estos editores deciden producir libros-álbum “afrancesados”, por un lado, para ampliar las miras de nuestros libros, y por otro, para favorecer la venta de derechos de autor a empresas francesas (cada vez más y más). Es lo que yo llamo (permítanme el símil con los palos del flamenco) los “álbumes de ida y vuelta”.


Benegas, Mar y Capdevila, Olga. 2016. Jeux et poèmes pour petits Boute-en-train. p'titGlénat (A buen paso en castellano)

c) Algo que tampoco se debe obviar es que la mayor parte de las casas editoriales que se dedican al género del álbum infantil en España están radicadas en Cataluña, una zona con una clara influencia francesa. Cataluña es uno de los puentes hacia Europa y la influencia que recibe de ésta es visible en muchas facetas de su vida cotidiana. Su cercanía geográfica permite las transacciones con el continente y las radiaciones de este tipo de productos hacia el resto peninsular.


Minne y Fortier, Natalie. 2004. Me encanta. Kókinos


Ruillier, Jerôme. 2005. Por cuatro esquinitas de nada. Juventud.

d) La proliferación en las últimas décadas de las agencias de compra-venta de derechos de autor de cuño francés en nuestro país, ha generado un aumento en la edición de este tipo de obras. Agencias como Isabelle Torrubia o Garbuix, extienden las creaciones del país vecino en el catálogo de muchas editoriales del nuestro a través de la mediación comercial-cultural de tipo internacional.
e) Existe cierto sector de críticos y especialistas LIJ que se decantan por estos libros-álbum (fetichismos tenemos todos... hay otros que prefieren el anglosajón o el libro-álbum asiático...) y es de esperar que, a la hora de ilustrar sus teorias o recomendaciones, echen mano de él con frecuencia. Todo esto puede deberse a la gran influencia que los estudiosos franceses, encabezados por Sophie Van der Linden (ver Álbum [es], editorial Ekaré), están teniendo en el ámbito internacional a través de medios especializados muy interesantes como la revista Hors Cadre[s] (Fuera [de]Margen en su edición española), arropando así a este tipo de artefacto cultural y dándole una mayor visibilidad dentro del ámbito de la LIJ.



f) Por último, llamar la atención sobre todos aquellos autores españoles (ilustradores sobre todo) que han preferido desarrollar su actividad en el mercado francés, una plataforma inmejorable para dar el salto internacional, bien porque su estilo tenía más cabida en él, bien porque tienen más facilidades por su amplitud. Sin olvidar que muchos de ellos traen despues sus obras al país donde se engendraron.


Chabbert, Ingrid y Guridi. 2016. Graou. Samir


Pez, Ana. 2004. Mon petit frère invisible. L'Agrume.

Aunque todo esto puede ser bastante positivo (todo lo que sea gestar nuevas concepciones discursivas me parece genial) y que la buena literatura (incluyo aquí al libro-álbum aunque sigamos debatiendo si pertenece a otras esferas artísticas) tiene un carácter universal, debemos notar que cuando un libro adquiere forma, lo hace inserto en un contexto, algo que le confiere ciertas características que pueden hacerse o no extensivas a otros entornos. A veces sucede que muchos de estos productos creados al abrigo de la sociedad francesa no tienen la aceptación que debieran en nuestro país a pesar de ser de impecable factura, y pasan a la esfera de lo desapercibido. Quizá esto se deba a la sobriedad y la sensatez con la que muchos se presentan en nuestro mercado, quizá sean demasiado minimalistas para nuestro afán por buscar los detalles explícitos en el preciosismo de las imágenes. Ellos son juguetones, nosotros cachondos. Su concepción estética es subconsciente e informal, y la nuestra, barroca y formal.
Es por ello que, aunque esta relación puede tener multitud de resultados, son los autores, los editores, los mediadores, y, sobre todo, los lectores, quienes deben velar porque estas sinergias sumen y no resten. Para que ambos caminos se llenen de encuentros sin dejar a un lado la propia identidad de cada uno, esa que debe responder al hecho cultural de cada una de sus sociedades.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Grandes figuras de la ilustracion LIJ (XVIII): Ludwig Bemelmans


Para darle la bienvenida a una semana con mucho trajín laboral (alumnos y profesores no damos abasto con tanto examen...), me he decantado por darle protagonismo a Ludwig Bemelmans, uno de esos autores que ha alcanzado fama mundial con un personaje que, como otros muchos de la LIJ, es (en algunos países más que en otros) otra gallina de los huevos de oro por el juego (editorial o de otra naturaleza) que ha dado. Madeline ha sido reeditada en castellano este año 2016 por Libros del Zorro Rojo, una inmejorable excusa para conocer un poco más al padre de esta criatura que, aunque de dulce apariencia, constituye uno de los personajes femeninos que rompió bastantes lanzas por los estereotipos que se gastaban en la época.


Bemelmans nace en 1898 en Merano (antiguo Imperio Austro-Húngaro, hoy Italia), hijo del pintor belga Lambert Bemelmans y la alemana Frances Fischer. Cuando este cuenta seis años de edad y su madre está embarazada de su hermano, su padre los abandona por otra mujer, por lo que su madre decide regresar a su Alemania natal, un país cuyo estricto sistema educativo Ludwig detestará toda la vida (en parte porque él sólo habla francés). 
En sus años de juventud trabaja como camarero, un oficio que no le gusta nada, en un hotel propiedad de su tío. Viendo el poco futuro que le ofrece una Europa en crisis, decide emigrar a Estados Unidos en 1914. Allí prosigue desempeñando empleos en el mundo de la hostelería hasta 1917, año en el que decide alistarse en la armada (N.B.: Hay que apuntar que este periodo como militar le inspirará para escribir, años más tarde, su libro My war with United States, 1937) y un año más tarde es nombrado oficial.


Estudio de Bemelmans en 1922. Apunte del autor.

En 1920, con el pasaporte estadounidense en la mano, decide abrirse camino en el mundo del arte y la escritura. Es así como comienza publicando en el New York World la tira de historietas gráficas The thrilling adventures of Count Bric a Brac que durará en las rotativas unos seis meses. Bemelmans trabaja durante toda la década como historietista junto a su agente y amigo Ervine Metzl, otro artista conocido por su trabajo en cartelería y sellos de correos, en cuyo estudio conocería a la que sería su futura esposa, Madeleine “Mimi” Freund, mientras posaba para él (N.B.: Como curiosidad también apuntaré que Metzl fue el también mentor del diseñador gráfico Paul Rand -El pequeño 1 y Chispas y cascabeles-, así como de los ilustradores Ron Barrett -Nublado con probabilidades de albóndigas- y Gyo Fujikawa).



Comienzan los años treinta y Bemelmans comienza una estrecha relación profesional con May Massee, editora infantil en el sello Viking Press, donde comienza a publicar sus primeros libros para niños como Hansi (1934), The golden basket (1936) o The castle number nine (1937), y a ilustrar para otros autores, véase el caso del Noodle de Munro Leaf (autor de Ferdinando el toro) en 1937. En 1939 cuando, tras ser rechazada por Viking Press, Madeline, ve la luz Madeline, su obra cumbre, en la editorial Simon & Schuster. Este libro rimado que tiene como protagonista a una niña con apendicitis a la que bautiza con una derivación del nombre de su mujer para que, según sus palabras “rimara más fácilmente”, es el comienzo de una de las series de álbumes más aclamadas por el público.




Durante todo este tiempo Bemelmans continua con sus libros para niños (Fifi, 1940, Rosebud, 1942 o Sunshine: a story about the city of New York, 1950) y las colaboraciones en las publicaciones periódicas The New Yorker, The Saturday Evening Post o Town & Country, actividades que compaginará con su trabajo como guionista en Hollywood (participa en Yolanda and the thief, estrenada en 1945 y protagonizada por Fred Astaire) y la publicación de sus no tan conocidas novelas (como Dirty Eddie, 1947 o The eye of God, 1949), relatos humorísticos (Small Beer, 1939) y sus novelas de viajes (Quito Express, 1938 y The best of times: An account of Europe revisited, 1948).






En 1953 publica el segundo título de Madeline, Madeline's Rescue, por el que obtendrá la Medalla Caldecott. En ese mismo año, se encapricha de “La Colombe”, un pequeño restaurante en París situado en la Ìle de la Cité, lugar que decorará con pinturas murales de su autoría y que regentará durante dos años, para más tarde venderlo a Michele Valette que lo transformará en un conocido cabaret de la ciudad del Sena.



Tras publicar Parsley (1955), ampliará la serie de Madeline con otros cuatro títulos, Madeline and the Bad Hat (1956) donde aparece Pepito, el hijo del embajador español, Madeline and the gypsies (1959) en la que Madeline y Pepito se enrolan en un circo, Madeline in London (1961), en la que Pepito va a Londres a vivir y Madeline y el resto de chicas lo visitan, y Madeline's Christmas (publicado como libro en 1985, aunque fue publicado por primera vez en la revista femenina McCall's en 1956) en el que Madeline es la única que se salva de pillar un resfriado.



No puedo evitar referirme al episodio en el que Ludwig Bemelmans accede a realizar los murales para el hoy conocido como “Bemelmans Bar” del Carlyle's Hotel, situado en pleno centro neoyorkino, a cambio de que él y su familia puedan alojarse de manera gratuita en sus dependencias durante un año y medio.





Bemelmans muere a consecuencia de un cáncer de páncreas en 1962, contando 64 años y siendo consciente de que Madeline será el mayor legado que puede dejar a su familia y, cómo no, a todos los amantes de la Literatura Infantil.
Aunque la historia de Ludwig Bemelmans acaba aquí, la vida de Madeline prosigue gracias al descubrimiento por parte de sus herederos en 1999 del Madeline in America and other holiday tales, otra secuela que el autor nunca publica en vida y que se sumará a las otras cinco escritas e ilustradas por él, y a los títulos publicados por su nieto John Bemelmans Marciano. Entre todos ellos han vendido más de trece millones de ejemplares que, unidos a un corto de animación (1952) que obtuvo una nominación a los Oscar, una serie de dibujos animados (1988-2002), una película (1998) y un sinfín de productos producidos bajo el nombre de "Madeline", aupan una marca registrada sobre la que se ha levantado un imperio que sigue creciendo hoy día (echen un ojo a Forbes...) a pesar de que su mayor accionista, Bárbara, la hija de Bemelmans, haya tomado decisiones tan poco convencionales en estos días como dejar el formato “e-book” a un lado.


Sobre el arte de este autor hay que decir que se encuadra dentro del impresionismo. Sus trazos sencillos y rápidos, el extraordinario uso del color, sus grandes contrastes, y el uso de la luz, conectan rápidamente con el público por su frescura y su supuesta ligereza. En cuanto a sus textos decir que no revisten mucha complejidad, e incluso a veces pueden parecer simplistas, pero sí son sinceros y nada pretenciosos. La honestidad, como bien apuntó Sendak en cierta ocasión, es un valor en sí mismo dentro de los libros para niños.


Sobre el conjunto de su obra, señalar que, a pesar de que en más de una ocasión el propio Bemelmans admitió no tener imaginación ya que todos sus libros provenían en mayor o menor grado de su propia experiencia, poseía una gran capacidad para satirizar todo lo que le rodeaba, algo por lo que el lector se identifica eficazmente con él. La prueba inequívoca de ello es que dio vida a una niña que, lejos de clichés femeninos, se convirtió en la heroína de los lectores de medio mundo, una capaz de reírse de los tigres, enfrentarse a los malvados enemigos o hacer de las suyas en un circo. Todo ello sin olvidar el lado más tierno y humano de la infancia.


In a old house in Paris
that was covered in vines
lived twelve little girls
in two straight lines.
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